Me dirijo a ti, la gran ausente de mi infancia pero no la olvidada
de los juegos cómplices en el hammán.
Aquel apartamiento hacia la penumbra celado a otros ojos,
allí donde nuestras miradas se tocaban y nuestros dedos gozosos observaban
los espacios diferentes de los dos cuerpos sobre los que queríamos saber.
¿Recuerdas, niña, cuando pulsaste traviesamente mis labios
y yo apenas rocé tu torso ligeramente ondulado?
Fue un disimulo que se repitió muchas veces,
mientras no cesábamos de volcar morosamente sobre nuestras cabezas
aquel rocío de la fuente que nos atraía sin que nadie se apercibiera.
¿Recuerdas, niña, que yo dibujaba en tus brazos letras imaginarias
y tú cubrías los míos con serpientes que no terminaban de enroscarse jamás?
¿Recuerdas, presencia lejana, el intercambio de símbolos,
aquel sol, aquella luna, aquellas estrellas que desparramábamos
con el jarro insaciable de nuestra curiosidad?
Fue un baile repetido un día tras otro,
y una mañana y otra ansiábamos el encuentro lúdico,
y una y otra vez alternábamos la iniciativa hasta aquella jornada maldita
en que una de las manos quedó huérfana de su caligrafía de caricias.
Me duele recordar aún tu partida y mi vacío entre el agua que se perdía,
inútil e insensatamente, a mis pies.








