¿Acaso el mundo no es sino la sombra de una nube que, no bien el hambriento de sombra la anhela, se disuelve…? (Ibn al-Mu'tazz)



viernes, 23 de marzo de 2012

Ghazal del corro de niñas






Un corro de niñas salta y juega y ocupa la calle
que asciende hacia los jardines del mirador.
Cuando llego a su altura el corro se abre para que pase,
mas cuando lo atravieso me atrapan en medio, lo cierran y cantan divertidas:

Éste es, éste es,
córtale el paso, detenle ya,
que pida permiso si quiere pasar.

Permanecen quietas, las manos entrelazadas y los corazones palpitantes.
Sus pómulos se iluminan de arrebol,
hay picardía en sus miradas y sus labios semicerrados
se muestran temblorosos como si se desvanecieran.

¿Qué debo hacer para poder salir?,
 les digo con suave insolencia contenida.

Tienes que elegir a una de nosotras.
No puedes hablar ni señalar con el dedo.
No puedes detenerte ni hacer ningún gesto.
Sólo tienes que indicarlo con la mirada.

Nunca me había visto en tal apuro.
Giro sobre mí mismo mirando a cada una de ellas
cuyas risas empiezan a aflorar primero de modo tímido,
luego se erizan nerviosas y estallan agitadas.
Repentinamente el cerco se abre y todas las niñas
se descuelgan unas de otras y vuelven a cantar con gran clamor:

Ya eligió, ya eligió,
fuiste tú o acaso fui yo,
que siga su camino y llegue hasta el sol.

Dejo a mi espalda la infancia saltarina 
y bendigo su alegría y su encantado atrevimiento.
Pero las letrillas de su canción se pegan a mis sienes y me hacen pensar.
¿Cuál será de ahora en adelante mi camino?
¿Qué sol alcanzaré?





*Fotografía de Angèle Etoundi Essamba

domingo, 4 de marzo de 2012

Ghazal del ciego desamado





Al atravesar el mercado de las esencias
me atrajo el tañido de un laúd cuya cadencia triste
era acompañada  por el canto de un ciego joven que me conmovió.

No demos lugar al infortunio, gacela,
decía la enigmática letra,
pues mientras fluyan las aguas ocultas
será posible mantener la fertilidad de nuestros sentimientos.

Ninguno de los dos hemos nacido
para ser engullidos por las tierras áridas
ni para acabar como siervos de la monotonía.

Convirtámonos en zahoríes sin desaliento
hasta que la frágil vara de avellano acierte con el pozo de la vida.
Escarbemos entonces allí y saciemos con placer nuestras carencias.

¿Te la enseñó tu abuelo o la cantabais en la madrasa?,
le pregunté mientras contemplaba sus ojos velados
que ignoraban las luces y borraban el paisaje. 

Fue un desamor el que hizo crecer esta súplica
desde el fondo de mi corazón, me replicó con melancolía.
La canción no nace de lo que se posee ni de la cercanía de la belleza.
Sino que siempre es huérfana de la ausencia e hija maldita de la soledad.

¿Cómo llevarle la contraria a aquel que veía la vida con mayor claridad
que los que la perseguimos con ansia e insatisfacción?





*Fotografía de Angèle Etoundi Essamba


martes, 7 de febrero de 2012

Ghazal de la mirada



Te busco, amada, entre los arrayanes más humildes
que circundan el barrio de la ciudad dorada donde habitas.
¿Acaso iban a ser más dignos los extensos jardines
del gobernador y su corte de funcionarios,
levantados para exaltar su poder?

No es en palacio alguno ni en barrios elegantes donde me esperan
ni tampoco sería en ellos bien recibido.
Si rastrease tu estancia allí
te imaginaría contemplando ociosa el paso de las horas
y acatando sumisa los designios de tus valedores.
Pero no serías la misma.

Te prefiero hija de la modestia cotidiana,
artesana del ensueño y de las historias
que desparraman por el mundo los hijos de la palabra.
Te deseo dueña de los pequeños ritmos
que transforman la vida perecedera
 con los goces de sus sonidos y la armonía de sus danzas.

Elaboraré aceites aromáticos de los viejos arbustos para ti.
Me untaré en su jugo con la misma intensidad
con la que anhelo explorar el fondo de tus ojos.
En ellos la maleza de los días no me oculta la mirada que yo busco,
aquella que brota desde el origen que una vez extravié. 




*Fotografía de Angèle Etoundi Essamba

viernes, 20 de enero de 2012

Ghazal de las sombras



Las calles son la vida porque son la historia de los hombres.
Asomado a uno de los bordes de la ciudad,
me encontré con aquel hombre, solitario y humilde, que miraba el horizonte.
Su edad era una incógnita y su imagen ni pobre ni rica,
y de su apariencia desapercibida emanaba atención y cuidado.
No sé si me habló porque advirtió que también me asomaba
al límite en el que se detienen los que buscan
y se preguntan, invadidos de perplejidad, cómo seguir.

Tal vez se contemplara en mí, por lo que se dirigió sin tapujos.
No era un individuo curioso ni charlatán pero arriesgó las palabras
que se abrían paso desde las zonas más sinceras de su corazón.

Sé que te confunden las sombras, dijo, como me confundieron a mí
antes de aproximarme a los espectros. 
¿Cómo desprenderme de ellas si me conocen tanto y me interpretan, aseveró?
Jamás temí las sombras
y menos que nunca cuando distinguí que cada hombre tiene varias.
Mas no están para hundirnos sino para señalarnos un rumbo.

Las sombras no son la perdición, siguió advirtiéndome.
Pueden ser el lado oculto, y no tanto el lado oscuro, como algunos dicen.
Oscuro es lo que no se ve, pero también
lo que está ahí permanente y vigía de nuestros torpes actos conscientes.

Supe de aquellas visiones
cuando la edad y lo andado fueron desechando lo superfluo de mi vida.
Una dijo llamarse Deseo, y me aconsejó: nunca te deshagas de mi compañía
porque soy la sustancia más antigua que mueve a los hombres.
Otra se nombró como Conocimiento, y afirmó:
soy la prolongación de tu interés por saber que nunca hay que renunciar
a llegar más lejos.
La tercera se me insinuó como Bondad.
Ni desear ni saber te gratificarán si no eres generoso entre propios y extraños.
Porque el que da de sí mismo condesciende al deseo
 y fructifica en sabiduría.

Luego calló el hombre. Ambos permanecimos contemplando la llanura,
por donde las sombras cabalgaban haciéndonos guiños cómplices.




*Imagen fotográfica de Angèle Etoundi Essamba

sábado, 7 de enero de 2012

Ghazal de los titiriteros


Azuzados por la chiquillería
y reclamados por los ociosos de todas las edades
 los titiriteros llegados de Oriente
cuentan en la plaza leyendas de lejanos proscritos y de antiguos libertadores,
de enamorados que perdieron la batalla del amor
y de princesas que renunciaron a su condición
para vivir un mundo que no separara el sudor y el perfume de los cuerpos.

Venid todos, dicen con voces empañadas de nostalgias
aquellos buscavidas de piel cetrina:
dejaros conducir por las sombras encantadas,
entrad en las historias más imposibles que jamás os contaron,
combatid en las contiendas más arriesgadas
y desposaros con las mujeres más nobles de las cortes,
porque todo es posible en el espectáculo que os traemos.

Y si al final de la función no habéis vivido la emoción
ni os habéis sonrojado por el misterio de la naturaleza
o palidecido por los riesgos que os han puesto a prueba,
hacédnoslo saber, pues no venimos a apurar vuestras vidas
sino a rescatarlas de su quietud e indolencia.

Allí me quedé a contemplar el despliegue de aventuras
con el que estos artesanos de las imágenes nos hicieron soñar.
No pude por menos que dirigirme al maestro cuando acabó la representación.

¿Por qué cuentas historias tan imposibles como fantásticas, titiritero?
No son imposibles, me replicó bañado aún en su agitación.
Son las eternas cuestiones del amor y del dolor,
las que hablan de sueños y también de muerte,
las que mueven el mundo y las que lo calman.

Ni yo ni mi familia sabríamos vivir en paz y nobleza
si no nos dedicáramos a este oficio.
Aún eres joven. ¿Quieres aprender?





* Fotografía de Angèle Etoundi Essamba


domingo, 1 de enero de 2012

Ghazal de la emisaria



¿Quién es esta mujer que viene corriendo hacia mí?
¿Qué quiere, qué desea decirme ya que se detiene a distancia prudente
y descubre apenas su embozo para hablarme?

No te alarmes, se expresa tenue desde su sencillez,
solo soy una mensajera de quien te busca de verdad
y desea ser ceñida por tus afectos,
una enviada de aquella que suspira por el tono de tu voz
 y anhela el entusiasmo de tus palabras.

Ante mi sorpresa no pude sino inquirirla con nerviosismo:
¿quién es la que te envía? ¿Cómo conoce esa persona mi existencia
y qué puede saber de mis capacidades o de mis emociones?
¿Acaso mi presencia es motivo de comentario extendido por la ciudad?
Mira que no soy sino un hombre extraviado por rutas
de las que desconocía su existencia,
un hombre que no cuenta para nadie y aún ignora qué es para sí mismo.

No te inquietes. Quien trata de acercarse a ti
está más próxima de lo que tú sospechas.
Ningún mal puedes esperar de ella
mientras que serías toda tu vida un ser afligido si la rehúyes.

La emisaria del misterio volvió a cubrirse
y desapareció tras el paso al trote de los caballos del gobernador. 



*Fotografía de Angèle Etoundi Essamba


jueves, 29 de diciembre de 2011

Ghazal de las cenizas



El sol caminaba hacia el cénit del día.
En mi paseo di con un solar donde unos albañiles
apuntalaban un edificio maltrecho.

Aquí se acumularon muchos libros, me dijeron.
Pero un descuido prendió sus anaqueles
y el fuego abatió también las huellas del saber acumulado.

Reconozco que aquella novedad hirió mi alma.
¿Cómo se reconocerán los habitantes de la ciudad,
me pregunté, si de su herencia quedan ahora solo cenizas?

Cogí al azar uno de los textos demediados y maltrechos.
Las llamas había devorado el nombre de su autor
pero su obra era transparente y así escuché aquellas palabras:

Ese palmo de tierra bajo tus pies es tu propiedad.
Esa luz que te permite leer no rinde tus ojos a la ceguera.
Esa nube pasajera alivia tu camino.
Ese aire que sopla remueve tu cuerpo y con él tus pensamientos.
El agua de esa fuente limpia tus impurezas.
Y los ojos que se fijan en los tuyos toman algo de ti
y si tú los correspondes calmarán tu inquietud.
¿De qué te quejas si la vida se te entrega en toda su bondad?
Sé generoso con los elementos
pues ellos podrían prescindir de ti y seguirían siendo.
Pero tú los necesitas para ser tú mismo.

Sentí como verdad revelada aquellas palabras
y percibí que no hay otra verdad sino la que se comprueba,
aquella que la naturaleza concede y se debe aceptar.
Aquella que transforma nuestro saber
y con el saber se crecen nuestras vidas.  

Agradecí al infortunio el encuentro con aquellas cenizas
y acaricié las páginas salvadas como un amante acaricia
a la mujer que se instala en su goce.
 



sábado, 17 de diciembre de 2011

Ghazal de la aguadora



Cuando el empedrado de nubes del amanecer se disipa
y la luz y las voces se hacen más enérgicas
la ciudad se edifica en sus quehaceres.
Día a día nace nueva, día a día abraza a sus moradorers, día a día envejece.

Las mujeres aguadoras regresan de las albercas donde llenan sus cántaros
y entre ellas intercambian sus cantos y sus guiños.
Las he visto en corros aprovisionándose con el tesoro de la tierra y del cielo.
El que sacia y refuerza. El que aligera y consagra.
El que recorre los rincones del cuerpo y purifica.

Ella estaba allí surgiendo del enigma.
 ¿Por qué te arrebatas ante mi presencia?
¿No ves que tu cántaro se desborda?
¿Qué fuerza hay en ti que las risas de tus compañeras no desvían tu desafío?
¿Qué pasión te consume que contrapones el fuego al agua?

Una voz oculta se abre paso con una letra que se extiende y canta:

No dejes que tu alcarraza se desborde.
Si él es a quien buscas ofrécele tu agua y que la pruebe contigo
pues el agua es un regalo que abre los otros dones.
Bríndasela, gacela, en las palmas de tu mano
y él beberá ansioso y torpe, pero sumiso,
y así habrás logrado amansar a la fiera que te acecha.

Ella se sintió aludida y sin dejar de mirarme
se resguardó entre el grupo que acompañaba el canto.
Y yo quedé confuso y extraviado.


lunes, 12 de diciembre de 2011

Ghazal del sueño turbio



Hay noches umbrosas que dejan el cuerpo maltrecho
y el espíritu no se encuentra en libertad.
Noches como ésta en que las sombras se han apostado entre los sueños
haciendo derivar mis sentidos y tornándome ausente,
entregado a las visiones más confusas y a la más temida ansiedad.

Mas todo cerco al alma es también una llamada a la conciencia.
Fueran avisos del destino o simples visiones de extravío
varios ojos me han perseguido obsesivos durante todo el arrebato
mientras sus cuerpos permanecían desvanecidos e invisibles.

La mirada encendida de las tres mujeres ha girado
en torno a mi carne encadenada y agostada por la fiebre.
Ojos que se han ofrecido como danzantes sagrados
invitándome a un extraño quebrantamiento purificador.

Sobrevolando mi figura empequeñecida y rígida
han descendido virulentos y procaces sobre mis vísceras.
Sentí su incisión y la angustia por no poder protegerme de su ataque.

Un nombre lejano fue pronunciado de pronto
en medio de la turbiedad
haciendo añicos las vidriosas miradas de los espectros.




*Fotografía de Angèle Etoundi Essamba

martes, 29 de noviembre de 2011

Ghazal del burdel



Mas las dudas me asaltaron. El cuerpo, ¿es el mensajero o el destino?
¿Es el que espera o el que solicita?
¿El que se aposenta en la virtud o el que cede a las debilidades?
Incitado por las celadas de la vida, ¿se contrae o se expansiona?

Aquella sombra profética desaparecida en las tinieblas
no había detenido el rumbo de mis pasos.
Caminé largo rato aireando mis soledades
a través de pasadizos mortecinos y callejones angulosos
que solo los osados o los desesperados tientan en sus desvaríos imprudentes.

Penetré en la zona prohibida a los bienpensantes,
la reserva cuyo nombre no debe pronunciarse nunca en voz alta,
y vadeé los márgenes vedados a la moral al uso.
Allá donde la transgresión se convierte en otro rostro
y la ansiedad, la compañía y el amor tienen un precio.

La taberna se infestaba de voces, pero también se hacían hueco los silencios.
Fue en aquel rincón donde volví a verte, aislada y ausente.
Cuando las demás mujeres se hacían notar y provocaban a los hombres
tú disimulabas y callabas.
Cuando otras se ofrecían con insistencia y descaro
tú veías la manera de pasar desapercibida.
Cuando ellas, burdas y tentadoras, exhibían la forma de sus contornos
tú te recogías con pudor.
Tu presencia era extraña al lugar y caí en la confusión.
Me pregunté si no sería ensoñación, derivada del vino catado.

Apartaste los cabellos de tu cara y me miraste como en aquel encuentro fugaz.
Con discreción me acerqué hasta tu lado.
Tu mirada era ajena al entorno y la sentí atroz como un dardo.
Algo nos expulsaba de aquel lugar a los dos y apenas logré balbucear:
Dime, ¿quién de las tres mujeres eres: la de aquella mañana soleada,
 la que hace un rato ha salido a mi paso a advertirme
o la que se abandona en este antro al mejor postor?

Ninguna de esas tres mujeres existimos, contestaste delicadamente.
Las tres estamos dentro de ti, porque somos la voz que te recorre
hasta que encuentres el modo de pronunciarte y decidir tu destino.


domingo, 13 de noviembre de 2011

Ghazal del oráculo



Caminaba yo al anochecer entre las callejuelas retorcidas
donde más que en ninguna parte la vida es azar
y la ciudad se hunde olvidada por los próceres.

Al girar una esquina aquella mujer se postró ante quienes transitábamos.
¿Era la intérprete de un oráculo o solo hacía teatro
implorando con disimulo la limosna? 

Llegarán los días del vacío, dijo con voz rabiosa.
Debéis recogeros y concentraros en el conocimiento que os fue dado.
La fuerza debe preservarse entre los muros de vuestro cuerpo.
El cuerpo es el todo de vosotros mismos.
No solo es medio, soporte o accidente.
El cuerpo es el ámbito.
El espacio donde percibís la vida que os ha sido dada.
Donde se manifiestan vuestras aptitudes y vuestras deficiencias.
Donde empieza todo lo posible y donde se agota la capacidad.
Pero no solamente es geografía ni perímetro.
Es movimiento, es transformación, es desdoblamiento.
Es llamada en la noche, grito al amanecer, silencio en la pulsión.
Es esencia.

Nadie más se quedó allí. Admito que me invadió el desasosiego.
Cuando traté de dirigirme hacia la mujer
para que me aclarara sus palabras dio media vuelta
y la oscuridad la volvió invisible.



*Cuadro de Mariano Bertuchi

lunes, 31 de octubre de 2011

Ghazal de las moradas



¿Quién clausuró las puertas de las casas?
Durante siglos nuestros padres entraban y salían de ellas
y cualquier vecino podía acercarse hasta el fogón o el tálamo
a compartir el alimento o a visitar al anciano que descontaba sus días.

Las puertas solo eran para sujetar los rigores del día y de la noche
y preservar las chácharas de los ojos y oídos indiscretos,
no para proteger bienes ni tesoros que nadie poseía.

¿Quién se acuerda hoy de los invasores?
Llegaron un día para desposeernos de lo más valioso:
la fuerza del trabajo y la fuente que da la vida,
pero algunos de aquellos se quedaron porque, dijeron,
no somos todos iguales y nosotros no venimos a expulsaros
 ni a robar vuestro esfuerzo ni a desposeeros de vuestros hijos.

Eso dijeron no solo con la voz sensata sino con la intención del corazón.
Yo soy uno de aquellos que nadie distinguiría hoy día como el bárbaro:
he hecho oficio del noble arte de la forja
y he heredado la historia que me relataron quienes me acogieron
como si la hubiera vivido durante generaciones en este mismo suelo.

Esto me contó un artesano que conocí en mi entretenido caminar
por las cálidas callejuelas de la ciudad antigua.
Ciudad donde la sorpresa arropa al viajero
dibujando signos del alma en la puerta de cada morada.  



lunes, 17 de octubre de 2011

Ghazal de los colores



Los colores de las ciudades se impregnan de la tierra
y con ellos el olor y la algarabía que se nutren del mercadeo y la farándula.
Paren el carácter de las ciudades al contentar los rostros
y suavizar la aflicción de los corazones.

He compartido las risas de las gentes
cuando las circunstancias les han hecho levemente felices.
He pulsado el dolor al escuchar los latidos
que golpeaban desesperados los muros de cal.
He mirado con firmeza a los ojos de los hombres aguerridos
y con compasión los de los pusilánimes.
He respirado el almizcle de las tiendas callejeras
y sentido el deleite de los aromas desprendidos de los fogones.
Incluso he huido del hedor de los desagües
que también son expresión de vida.
Pero nada ha llenado tanto mi ser como el color
que hacía nuevo el paisaje de los días. 

Al levantarme por la mañana los colores de las ciudades
despiertan de su somnolencia lentos y expectantes
y al ocaso se diluyen entre tinieblas
hasta agotarse en las tonalidades que beben de la tierra.

Nadie permanece al margen del abanico de matices,
como nadie puede evitar que la alegría estimule los cuerpos,
que las necesidades prendan el ingenio o que las lágrimas rebañen las heridas.

Ella caminaba por azar y se detuvo.

¿Por qué has levantado tu mirada a mi paso
si soy un simple advenedizo?
¿Con qué perfume y qué luz pretendes cubrir en un instante mi deseo?
¿Por qué haces ceder mi resistencia?
No contengas tu palabra aunque hable por tus ojos.


viernes, 14 de octubre de 2011

Ghazal de las ciudades



¿Quién puede ignorar aún cómo se han levantado las ciudades?

Que nadie diga nunca que las puso el cielo 
o que surgieron por la providencia de la tierra.

El cielo las da cobijo y el suelo las sostiene.
Pero sin las manos de los arquitectos y de los albañiles
no hubieran pasado de ser un manojo de chozas.

¿Se han hecho las ciudades para la vida o para el desfile de la muerte?
Hay tiempos en que fluye la artesanía y las ciudades crecen.
En su florecimiento alcanzan su cénit.
Hay tiempos en que las armas desplazan al comercio y las urbes merman.
En su ocaso sólo se hace presente la desgracia.

Algunos dicen que los desfiles son expresiones de la fuerza,
que la fuerza es necesaria para la seguridad de sus habitantes
y que exhibe la pujanza y la capacidad de poder.
Pero mantener los ejércitos ¿nos asegura el futuro?
Emprender invasiones ¿protege nuestras vidas?
Hubo ciudades que crecieron hasta ser Estados
y Estados que se convirtieron en imperios. ¿Ha sobrevivido alguno de ellos?
Ved que sus ruinas permanecen por doquier a nuestros ojos
y  la congoja de los albañiles gime todavía sobre los basamentos.

Cuando en mis viajes visito los restos del olvido
hablo con las estatuas derribadas y escucho su voz agónica:
aún estáis a tiempo de no perecer como nosotras.




viernes, 7 de octubre de 2011

Ghazal del alfarero




¿Por qué parece que a través de los objetos más elementales y sencillos
estuviera llegándonos todo el universo?

¿Acaso por los brazos que recogieron la arcilla?
¿Por las manos que moldearon el cuenco? ¿Por los pies
que pedalearon el torno? ¿Por los años de cerviz inclinada
hasta la descomposición de los huesos?

No solo a través de la imaginación y la habilidad del artesano
se nos llenan las manos de cielo.
Sino también a causa de sus ojos.
La mirada que viaja a las noches abiertas
y arrebata su materia a los planetas
uno a uno
hasta colgarlos de tu frente, amada mía.


martes, 13 de septiembre de 2011

Las dudas del inicio



Aunque el maestro haya estimulado mi mano

y puesto alas a mis pensamientos, ¿por dónde empezar a escribir?

Multitud de imágenes me persiguen, unas lejanas en el tiempo
y otras agitadas entre el curso de los días que nos ocupan.
¿Qué debo relatar que merezca la pena y nutra mi imaginación?
¿Los recuerdos placenteros que rescatamos de un mundo que desapareció?
Demasiado bellos para no mancharlos con la tinta de la distancia.
¿Debo escribir sobre los acontecimientos vividos por las gentes,
tras conocer la angustia de sus esfuerzos y los sinsabores de sus fracasos?
Agradecerían que alguien hablara por ellos con cualidad profética
para saber y comprensión de las generaciones venideras.
¿Me pongo a narrar simplemente  las historias que ya se han contado,
aquéllas que me cautivaron de boca de los viajeros en tránsito?
Sería reescribir sobre lo sabido y divagar
aunque la tentación de recrear historias ya descritas sea fuerte.
¿O mi intención debe fluir como lo espontáneo,
copiando de la inercia del aire,
de la volatilidad de las semillas y del modesto flujo de las acequias?

Cuesta despertar cada mañana haciendo como que la vida no nos afectara.
Acaso escribir sea vivir paralelamente y derivar a través de las palabras
la energía y la violencia que se rozan en nuestro interior.

Lo fácil sería callar o hablar del silencio,
como hacen quienes ponen el cálamo al servicio de los poderosos.
Mas, ¿cómo reconduciría el desorden de las letras que hierven dentro de mí?

 


*Imagen de Manuel Boix

martes, 30 de agosto de 2011

En pos de las palabras



Coger el cálamo es fácil, disponer la tinta y el pliego está al alcance,

pero me avergüenza la traición de la mente en blanco.

¿Cómo empezar, pues,  a escribir, venerable,
sin que me acose la desazón por la palabra que no fluye?

No esperándola, responde el anciano. Escuchando sin prisas
el rumor que bulle en ti desde tus orígenes y que contienes a duras penas.
Mirando la lejanía como si estuviera a tu alcance
y alejando lo inmediato hasta que se revele su dimensión.
Contemplando el paisaje como si fuera el pequeño espacio de tu casa
y parando en tu morada como si se tratase de la extensión del campo abierto.
Ignorando las horas y negando los días.

Pero entre tanta vorágine del mundo, maestro, ¿cómo concentrame?

Ahuyenta las voces que gritan estruendosas y no dicen,
las lágrimas que exageradas corren y no sienten,
las quejas que tensan y no aplacan,
los silencios que parecen clamor y son vacíos.

Y si a pesar de tus sabias instrucciones mi mano queda en alto,
¿cómo no desesperar ni rendirme a la impotencia?

No te importe tanto el acto de coger la caña, mi joven amigo,
sino los garabatos de la mente y los trazos de la memoria.
Emborrona el rincón donde se acumulan tus pensamientos.
Deja que se aireen las ocurrencias que te parecen inconexas.

Abandoné los útiles a un lado y miré las palmas de mis manos abiertas,
invocando el instante, anhelando la inspiración.


sábado, 20 de agosto de 2011

Presencias lejanas


Me dirijo a ti, la gran ausente de mi infancia pero no la olvidada

de los juegos cómplices en el hammán.

Aquel apartamiento hacia la penumbra celado a otros ojos,
allí donde nuestras miradas se tocaban y nuestros dedos gozosos observaban
los espacios diferentes de los dos cuerpos sobre los que queríamos saber.

¿Recuerdas, niña,  cuando pulsaste traviesamente  mis labios
y yo apenas rocé tu torso ligeramente ondulado?

Fue un disimulo que se repitió muchas veces,
mientras no cesábamos de volcar morosamente sobre nuestras cabezas
aquel rocío de la fuente que nos atraía sin que nadie se apercibiera.

¿Recuerdas, niña, que yo dibujaba en tus brazos letras imaginarias
y tú cubrías los míos con serpientes que no terminaban de enroscarse jamás?

¿Recuerdas, presencia lejana, el intercambio de símbolos,
aquel sol, aquella luna, aquellas estrellas que desparramábamos
con el jarro insaciable de nuestra curiosidad?

Fue un baile repetido un día tras otro,
y una mañana y otra ansiábamos el encuentro lúdico,
y una y otra vez alternábamos la iniciativa hasta aquella jornada maldita
en que una de las manos quedó huérfana de su caligrafía de caricias.  

Me duele recordar aún tu partida y mi vacío entre el agua que se perdía,
inútil e insensatamente, a mis pies.  



miércoles, 17 de agosto de 2011

Las dudas del hastío



¿Hay otro mundo en éste donde se pueda nacer de otra manera?,

pregunté al anciano que me observaba con gesto de sarcasmo.

Un recorrido que te convierta en viajero aunque no viajes.
Un oficio que te haga más hábil aunque no ejercites.
Una fortuna de la que vivas sin que te deslumbre su brillo.
Un arrebato en que la belleza te recorra si bien se evapore.
Un sosiego que te prolongue los días aunque te acechen.

Su respuesta fue cauta pero tajante: nacer no puedes
de nuevo, pero sí hacer de cada jornada un desafío.

Parar las acechanzas tan pronto como las veas venir.
Abrirte para que la belleza te tome y quede satisfecha dentro de ti.
Poseer lo justo para satisfacer lo imprescindible.
Creer en tus manos para que puedas decir que lo que haces es tu obra.
Hacer volar la imaginación para que percibas lo que otros no ven
y sueñes lo que otros son incapaces de volar.

¿Significa eso, hombre sabio, que no es imprescindible partir
hacia los territorios desconocidos más allá de nuestro Imperio?

Significa, joven audaz, que lo desconocido lo tienes al alcance
allí donde te encuentres. Que desgastar tus pies
y agitar tu nervio por otras extensiones pueden desplegar caminos,
pero no abrirán por eso las regiones de tus entrañas.

Miré su cálamo fijamente y él entendió mi solicitud.




* Dibujo de Mariano Fortuny